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LA  ENTREVISTA  DE  GUAYAQUIL.

Rotonda de Guayaquil    La entrevista de Guayaquil es, sin duda, uno de los episodios más controvertidos de toda la campaña libertadora de Sudamérica. San Martín, debido a sus ideas monárquicas, se veía cada vez con una mayor oposición entre los peruanos, siendo su única salida el negociar con Simón Bolívar, el gran libertador del Norte. Pero no podía esperar una fácil solución ya que la asociación con el Libertador planteaba más problemas que resolvía: puso a discusión la base entera de la colaboración militar, exacerbó el asunto monarquía frente a republicanismo, e introdujo el problema del conflicto de intereses por Guayaquil. 

    Guayaquil era una importante base naval, un centro de construcción de buques y un puerto importante. Estratégica y comercialmente era indispensable para la revolución, y de gran importancia para los intereses de la República de Colombia que representaba Bolívar. A fines de 1820 Guayaquil se declaró independiente, formó un nuevo gobierno y abrió sus puertas al comercio exterior. Los dos generales querían contar con este estratégico centro neurálgico: San Martín lo quería para Perú, aunque reconocía su derecho a decidir su propio futuro político; Bolívar, por su parte, sostenía que debía unirse a Colombia sobre la base de que la presidencia de Quito, en donde se incluía la provincia de Guayaquil, había pertenecido al virreinato de Nueva Granada y lo consideraba como materia no negociable. 

    A finales de 1821, San Martín contaba con algún poder negociador, porque Bolívar tenía dificultades para libertar Ecuador y necesitaba de la ayuda de la división proporcionada por San Martín, bajo el mando del coronel Andrés de Santa Cruz. Sin embargo, tras el golpe de mano de Sucre y su victoria en Pichincha, Bolívar tenía todas las cartas en su mano. De este modo, al ir aproximándose a Guayaquil, San Martín tenía clara la situación: él era el que proponía y Bolívar el que disponía. 

    Bolívar fue el prototipo del criollo: ambicioso, paternalista, impaciente, siempre seguro de sus métodos y de sus metas. Su brillantez brotaba de la singular intensidad de su visión, que fue capaz de llevar la liberación a un continente, pero que fracasó al valorar la dinámica de las nuevas naciones. Su contrapunto argentino, José de San Martín, era estoico, taciturno y retraído, el complemento ideal de Bolívar. La única vez que se encontraron, en Guayaquil, para planear el futuro de la Gran Colombia y del Perú, uno de los grandes momentos del Ecuador, la actitud obstinada de Bolívar envió a un exasperado San Martín al exilio europeo. 

    San Martín llegó a Guayaquil el 26 de julio de 1822, donde le esperaba Bolívar. Aquel día hablaron una hora y media sin testigos, mientras que en la siguiente jornada la entrevista se alargó por algo más de cuatro horas, también sin la presencia de testigos. Luego hubo un baile para los dos libertadores del que salió San Martín para embarcarse de regreso a El Callao. 

    Lo tratado lo conocemos por la correspondencia posterior entre ambos personajes y por fuentes indirectas. San Martín le pidió ayuda militar a Bolívar y se ofreció, como posibilidad, a estar bajo sus órdenes en la campaña del Perú. Bolívar se negó a aceptarle como subordinado, ofreciéndole poco más de mil hombres. 

    Ante esta posibilidad y la diferencia de pensamiento sobre el sistema de gobierno, Bolívar no quería una monarquía en Sudamérica, San Martín interpretó que su presencia era un obstáculo para la liberación del Perú  -que pensó emprendería Bolívar en cuanto desapareciera-  y decidió salir de la campaña. 
 


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